Con el tiempo, el krach de agosto de 1998 - que había obligado a Rusia a proceder a una espectacular devaluación del rublo - ha dejado muy claro que no hay mal que por bien no venga. Seis años más tarde, la salud del país está mucho mejor. La caída del rublo permitió restaurar la competitividad de los productos nacionales. Por añadidura, el alza del precio del petróleo a partir de 1999 y su mantenimiento en niveles extremadamente elevados permitieron a Rusia levantar la cabeza. La política de Vladimir Putin contribuyó al refuerzo de su país. En mayo de 2001, Putin convocó en el Kremlin a los principales oligarcas del país y firmó con ellos un "pacto de no agresión": los resultados de las privatizaciones no se pondrán en tela de juicio, pero los hombres de negocios no volverán a meterse en política. Este acuerdo permitió normalizar la vida económica. Ahora bien, Rusia sigue dependiendo considerablemente del precio del petróleo: sólo la diversificación de la economía permitirá al país más grande del mundo contemplar el futuro con serenidad.